jueves, 4 de agosto de 2016

XIII

Quizá es el momento de entender que no hay nada más allá
del cosquilleo ese del que te hablo a veces.
Que no se puede exteriorizar con palabras
pero que tampoco es necesario.
Que puedo intentar encuadrarlo en tal o cual contexto
o darle doscientas vueltas para ponerle un nombre
pero que al final todo se resume en esas expectativas
que me guardan tus labios.
Que me encanta cuando hago el tonto intentando
poner palabras a lo nuestro y tu respuesta es
besarme mucho.
No sé.
Tengo pocas certezas (tampoco las busco)
en mi vida y creo que la mayor de todas eres tú.
Y es curioso porque vives en mí
como una incertidumbre constante que da de sí
hipótesis, posibilidades y proyectos de cinco minutos.
Pero eres esa certeza.
Eres esa verdad que solo puedo entender yo.
Y me gusta que sea así porque si alguien fuera capaz
de sentirlo así
dejaría de ser nuestro.
El nosotros que se ve desde muy lejos
pero que solo se escucha desde dentro
y con mucha atención.
Y soy consciente de que escribir esto
solo es moverme en los alrededores
y nunca en las posiciones centrales de las ganas
de besarte cada noche desde 2012.
Pero lo prefiero así.
Prefiero estos momentos de recorrido exterior
porque me permiten viajarte cuando estamos juntos.
Y ojalá nunca te llegue a entender del todo.
Ojalá siempre seas incertidumbre y dudas
para poder redescubrirte algún lunar,
alguna reacción, alguna risa, algún silencio
o alguna caricia.
Quizá es el momento perfecto para entender que
encajarte todos los días de mi vida en un puzzle que
se multiplica sistemáticamente es la mejor forma
de quererte.
Ojalá nunca nos podamos describir del todo.
Porque más allá de las vueltas que le de
nunca habrá una mejor definición que la que me diste aquella vez:
somos tú y yo.

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